Palabras del ayer flotaban pestilentes entre la ignorancia, la mentira y el descaro... ¿Te imaginas lo que es tener que practicar tiro al blanco durante tres días y errar los tres tiros, los tres días, durante tres horas en tres años? ¡Te vuelve completamente loco! Sin mencionar las horas perdidas en aquel país desconocido, donde todo era de «colores triangulares» que me atacaban y llenaban mi vida de austeras fantasías. Así fue que Geraldo vino, si Geraldo, un hombre que carecía de uno de sus cuatro miembros, y junto con él Juan Carlos, de apellido Betancourt, que siempre creía conocer la verdad. En tercer lugar vino Giusepe Meazza, un italiano mal formado, de familia pobre pero con aspecto feliz. Ellos se acercaron y me dijeron: «Hijo, debes conocer la verdad pues todo lo que te rodea es una gran y elaborada mentira». Entonces sacaron un arco de pesca, sí, un arco de pesca con el que pescaban todos los martes 33 de marzo. Y la manera en la que pescaban era la siguiente: ataban la flecha a una soga, y desde un barco de tres velas -tenía que tener tres- lanzaban la flecha y así pescaban. Ellos me llevaron a dar una bien entretenida vuelta por el mar caribe, allí donde los españoles habían desembarcado.
Vimos todo tipo de cosas y colores en el agua y peces diferentes. Hasta vimos hermosas sirenas que nos llamaban con sus cánticos mortales, a lo que Juan Carlos ideó un bien elaborado plan. Derritió la cera de las velas que llevábamos para alumbrarnos en las noches estrelladas del mar, donde se puede ver la bien luminosa vía láctea que circunda y atraviesa el negro cielo nocturno -claro esto cuando no hay nubes-. Así fue que derritió la cera y la vertió en recipientes. Con alguna suerte de paño untábamos la derretida cera, esperábamos que se secase y al punto los introducíamos en nuestros conductos auditivos para impedir la entrada al cerebro y al corazón de aquella funesta melodía. Pero yo tuve una mucho mejor idea: recordé al astuto, el sufridor Odiseo rico en ardides, y pedí con aladas palabras que me atasen al mástil principal del cóncavo barco, y así atado con fuertes lazos poder escuchar aquella hermosa melodía mortal que llenaba la brisa fresca del mar. No sin dolorosos insultos increpé a mis compañeros -tal cual como lo había hecho el divino Odiseo- a que me soltaran y así correr hacia las proferidoras del funesto cántico, tan funesto y aciago como el indómito destino. Y sí sé que el destino es indómito, a esto nadie me lo podría negar. Tan indómito como las tres sirenas, y tan indómito como la vida misma. Pues la vida es incontrolable y desconocida, pero también es injusta y detestable. Y como dicen los preclaros Romulanos: «Si el conocimiento es poder, entonces ser desconocido es ser inconquistable». Y la vida nos conoce a pleno, pero no así nosotros a ella. Y por eso es que los humanos sufrimos, reímos, amamos y mentimos. Disfrutamos, cantamos, escribimos, leemos, tocamos y conversamos. Divagamos, nos vamos caminando, saltamos, bailamos y lloramos. Nos divertimos, pintamos, escuchamos, tomamos y deseamos. Pero en cuanto a esta lista -muy incompleta por cierto- debe decirse algo. Lo último listado es el motor de la vida -que nos ha conquistado- y el creador de lo primero que había listado, ya estando yo echado sobre la cubierta de la cóncava nave, mirando las miles de millones de estrellas, que con cuya luz anacrónica nos hacían la noche más clara. Y así también más claros mis pensamientos. De esa forma entonces ya podía pensar con claridad; había encontrado cierta libertad, aunque mediatizada por los siempre entrometidos sentimientos humanos. Descubrí, en un viaje psicodélico de autoentendimiento, que los errores detestables del pasado no deben volver a cometerse, y que tres son las cosas centrales de la vida: Amor, Venganza y Sufrimiento. Estas tres cosas están siempre motivadas por el Deseo, el único motor, lo infranqueable y lo incontenible. Y la única forma de liberarse es dejando de Desear... pero esto al mismo tiempo, no es más que una triste ironía. Pues la idea de liberarse también conlleva un deseo: el de alcanzar la libertad. Entonces descubrí por fin, en aquel barco, mientras contemplaba el calmo mar caribeño, que la vida está dominada en su mayor parte por el sufrimiento -cosa que ya había comprendido Buda-, la felicidad y las cosas bellas son intermitentes, puesto que después de un esforzado trabajo siempre hay que realizar otro -y esto tal vez más fortalecido por el Sistema que organiza la vivencia de los humanos, este Sistema que configura el deseo de más poder-. Y realmente lo único que nos queda es que la vida está sólo salpicada por las cosas bellas y felices, con lo que lo dulce no es tan dulce sin lo amargo, y que mientras más amargo sea todo, saborearemos con más placer las pequeñas cosas dulces que en algún momento nos toquen, si es que lo hacen... Y si no, aún a los hombres nos queda lo siguiente: tratar de vivir honorablemente para luego morir y ser recordados... y esa, la muerte honorable, es la única liberación posible.
Así, con todo, entonces se mostró Eos, la de dedos de rosa, la que nace de la mañana. Preparamos las cosas, los útiles, los arcos, con los que habíamos pescado a bien coloridos peces de triangulares colores un martes 33 de marzo, y emprendimos el regreso, en un año que sólo puede cobrar formar en la mente de los siempre bien soñadores hombres. Sin embargo, el sueño debe ser siempre en tres dimensiones, porque sólo los ignorantes y débiles piensan bidimensionalmente: cuando el deseo y el materialismo dominan sus vidas.
Así, con todo, entonces se mostró Eos, la de dedos de rosa, la que nace de la mañana. Preparamos las cosas, los útiles, los arcos, con los que habíamos pescado a bien coloridos peces de triangulares colores un martes 33 de marzo, y emprendimos el regreso, en un año que sólo puede cobrar formar en la mente de los siempre bien soñadores hombres. Sin embargo, el sueño debe ser siempre en tres dimensiones, porque sólo los ignorantes y débiles piensan bidimensionalmente: cuando el deseo y el materialismo dominan sus vidas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario